Aburrirme, o no, es una decisión mía

 

Me aburro cuando no entablo un vínculo con aquello (el libro, el espectáculo, la película, la clase, el cumpleaños, la reunión, la situación que observo o vivencio).

 

Porque cuando no me vinculo, permanezco pasivo frente a aquello como espectador absoluto, en un estado de polarización que deviene en rigidez (nada se mueve en los polos).

 

Así polarizado y, por tanto, rigidizado como observador pasivo (únicamente receptivo), configuro una situación de no-acción, una situación catalítica (la catálisis aglomera pero no mueve: dura) que no encuentra su cardinalidad (la cardinalidad mueve para transformar: cambia).

 

Una vez aceptada esta situación de no-acción, parece pertinente preguntarme si lo que me aburre no es tanto aquello como la propia situación: mi poca disposición a vincularme con él.

 

Cuando elijo establecer con aquello una relación de poder, contraria al vínculo por antonomasia (aquello gana si yo pierdo y pierde si yo gano; es impensable, en este sistema, que podamos ganar los dos), se me presentan sólo dos caminos a seguir:

1) sucumbir a aquello que me aburre y, por lo tanto, me domina

o 2) renunciar a toda posibilidad de relación con aquello, dominándolo yo.

 

Cuando decido abandonar esa pequeña guerra de la polarización, recupero el poder de flexibilizarme (entendiendo “flexibilidad” como la disposición voluntaria a la transformación, único acceso posible a la percepción de vínculo) y de desactivar mecanismos de valoración condicionada y desborde emocional.

 

De la tensión creadora yo-aquello aflora una conducta alternativa, novedosa, que me integra a un organismo primordial (yo-tú es una palabra primordial): un organismo compuesto de dos organismos vinculándose.

 

La integración es siempre sorprendente y entretenida.

 

Entonces...

Puedo dejar de aburrirme si me vinculo.

Lo que me aburre es no hacer nada con aquello; no aquello

Si hago algo con aquello, no me aburro porque me vinculo.

 

Aunque no me guste.

El gusto no tiene relevancia frente al gozo que me proporciona la transformación que promueve el vínculo.

 

Así...

Lo que me gusta no es aquello sino la acción de vincularme.

Lo que me disgusta no es aquello sino la no-acción.

En definitiva, todo tiene que ver conmigo.

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