LA INTERVENCIÓN ASERTIVA EN EL PROCESO CREADOR

Asertividad:

Estrategia comunicativa que se ubica entre la pasividad y la agresividad, dos conductas polarizadas.

 

 

La influencia del “observante” sobre el “expresante”

 

Mi mayor experiencia con grupos creativos atañe a la dramaturgia, la dirección teatral y la actuación, pero puedo reconocer que la poca profundización en el estudio de la intervención como su herramienta primordial, compromete también a cualquier otra actividad que se centre en la disposición creativa de las personas, tanto con fines artísticos como de desarrollo personal.

 

 

Los cinco hábitos mecánicos

 

Cuando se propone a los integrantes de un grupo que hagan especial uso de tal herramienta, la intervención, con el fin de vincularse con el expresante como observantes, tienden en su mayoría a intervenir en el proceso ajeno desde un marco de referencia que contempla:

 

1. el gusto personal,

 

2. la noción subjetiva de lo que está bien o mal (dudosa; influenciada por factores externos quizá negados, como el gusto personal),

 

3. una empatía desenfocada que da lugar a la imaginación y a la inferencia arbitraria de lo que haría el observante en el lugar del expresante,

 

4. el hábito de aconsejar y sugerir como si se estuviese seguro de lo que se dice y como si se supiese qué hacer con el propio proceso  

 

5. y la subordinación mecánica a cánones cristalizados (en algunos casos, poco dominados por el mismo observante), a tendencias del mercado o a exigencias de la moda (que quizá estén influenciando desde la sombra).

 

He observado en algunos años de investigación y trabajo en campo con personas en disposición de expresarse creativamente, ya sea en grupos o en relaciones bipersonales de ayuda, que estos modos de intervención generan en el expresante la activación de mecanismos de defensa, que se manifiestan en severas resistencias al cambio, la escucha, la asimilación de la novedad, y reafirman posiciones rígidas que profundizan confusión y sensación de imposibilidad o, por el contrario, megalomanía, sobrevaloración y capricho.

 

 

Los tres propósitos favorecedores

 

Con Carl Rogers y George Gurdjieff como referentes primordiales, y basado en el pensamiento de notables artistas, investigadores, psicólogos, filósofos y consultores, además de la propia experiencia pedagógica, terapéutica y artística, propongo un viraje en el enfoque de esta actividad, la de intervenir, a través de la puesta en acto de tres propósitos, equivalentes a las tres actitudes rogerianas:

 

1. Facilitar a cada expresante la exploración analítica de su material en proceso, a través de preguntas que promuevan su propio viaje imaginario, en un espacio de aceptación incondicional devenida en libertad y confianza.

Por ejemplo, me encuentro con dos largos monólogos seguidos: En lugar de dar por verdad universal algún canon, de comunicarle al expresante si me parece bien o no, si conviene, si debería ser mejor o más lindo y “corregirlo”, lo acompaño a darse cuenta de que hay dos monólogos seguidos (mirada fenomenológica: QUÉ ES), a preguntarse si se puso en relación con eso (simbolización: QUÉ ES PARA MÍ), a encontrar su ubicación en un sistema (vincularidad: CON QUÉ Y CÓMO SE RELACIONA), y a tomar una decisión (procedimiento existencialista-guestáltico: QUÉ VOY A HACER CON ESO).

 

2. Transparentar todo lo que obstaculice materialmente la recepción: los ruidos (semánticos: no entiendo; poéticos: no me lo imagino).

Por ejemplo, leo “ella no se y sigue sentada”. En lugar de interpretar o corregir o señalar como un error, manifiesto que “no entiendo”: algo me hace ruido en lo semántico.

O leo “he dicho que no me abandonarás”. En lugar de señalar si el personaje habla o no así, manifiesto que “no me imagino al personaje diciendo eso de esa manera”: percibo un ruido en lo poético.

Esto va a redundar para el expresante en motivación de volver a mirar esas zonas de su material para seguir trabajando, y no desaliento por haber cometido errores que debe corregir.

En cuanto al gusto personal o la noción subjetiva de deber ser, observo que arroja al expresante a un territorio poco creativo: la intención de gustar y cumplir sumada al empeño en satisfacer expectativas ajenas. También aleja al observante de la posibilidad de entrenar fenomenológicamente con el material y consigo mismo, y así fortalecer sus recursos en pos de la transformación de su propio material en proceso.

 

3. Empatizar con los procesos: trabajar con la dificultad del otro como si fuera propia, disolviendo de este modo el hábito de establecer una relación de poder con el expresante, que sólo genera defensas (negaciones y distorsiones) y condicionamientos (por fascinación o por rechazo); asimismo, evitar juicios de valor y sugerencias favorecerá la libertad del expresante para la toma de sus propias decisiones.

(Si se considerase necesario formular una interpretación, esta se concentraría siempre en la motivación de búsqueda del expresante y nunca en un supuesto saber del observante.)

 

 

Conclusión (provisoria)

 

Así, nos enfocamos más en el expresante que en nosotros observantes -ocupados en facilitar y promover su desarrollo- y que en el resultado -que será una consecuencia espontánea del proceso consciente del (y sólo del) expresante-.

 

 

 

 

Marcelo Bertuccio

Counselor - Dramaturgo

16 de febrero de 2018

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